NORMAS DE REDACCIÓN

Publicado en por Taller de Redacción

No repetir vocablos

En el momento de escribir contamos con menos y no con más palabras. Muchos términos que empleamos al hablar sin soslayados por diversas razones: desconocemos su ortografía, tenemos dudas sobre su significado exacto o son más propios del habla que de la lengua escrita. Para los dos primeros problemas ya se ofreció la solución: consultar, sin descanso, el diccionario. El tercer problema atañe a cuestiones de gusto y hasta de personalidad; a algunos, les agradará acercarse a la lengua de todos los días; otros, en cambio, preferirán una lengua menos cotidiana. Sin embargo, la necesidad permanece: no hay que repetir palabras. Este imperativo lleva a la norma siguiente

Leer

Con el objeto de ampliar nuestro léxico, y de paso nuestro horizonte cultural, hay que leer a marchas forzadas. Ciertamente, no se hace un escritor con acumular muchas palabras.

No emplear sinónimos rebuscados

Cuando andamos a la caza de un sinónimo para no repetir, podemos caer en el error de la afectación. No es un buen remedio cambiar la palabra niño por infancia; chofer por auriga o advertir por percatarse, aunque la segundas palabras pueden ser indispensables en algunos contextos. Siempre es valido el consejo del poeta Antonio machado, a través de su imaginario profesor Juan de Mairena, de que la frase “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa” se oye y se entiende mejor cuando se traduce al lenguaje llano: algo pasa en la calle. Lo mismo opina de este otro ejemplo que llama de amplificación superflua: “Daréte el dulce fruto sazonado del peral en la rama ponderosa lo que obliga al otro a responder: “¿quieres decir que me darás una pera?” escribamos de modo que se nos entienda y mas hoy en que la literatura es cada día menos escrita y mas hablada. No hay, pues, que caer en la pedantería, aunque a veces el rigor obliga a emplear términos que no son familiares para todos y, en este caso, el escribirlos es insoslayable

Al escribir, no vestirse de etiqueta, ni a la moda del último minuto

Hay personas que en cuanto se ven con una computadora o una maquina de escribir entre las manos piensan que han llegado el momento de prodigar todas las palabras domingueras, todos los pensamientos arrevesados que han logrado acumular en su vida. Ya Moliere hablo en contra de “las preciosas ridículas y Quevedo las bautizo, con agresivo afán, con las “culpas latiniparlas”. El hablar dificultoso lleva a algunos superficiales a suponer que “sino lo entiendo, es que es muy inteligente”, pero no seremos nosotros quien recomendemos esta fama pasajera. Otros redactores, impulsados por los mismos motivos, consideran que toda novedad debe tener cabida en sus escritos y a cada palabra de moda, a cada recurso recién parido, no solo se le da la bienvenida sino se le va a buscar en donde se encuentra: en la jerga universitaria o de adolescentes, en las revistas extranjeras en los mandarines culturales. No hay que confundir novedad con originalidad. Ante ambos casos-el vestirse de etiqueta o adoptar la ultima moda- es preferible siempre la naturalidad. Una última advertencia: evitar el despotismo de la moda no quiere decir caer en la rutina, ni defender las formas del siglo XIX

Impostar un poco la voz

Mucho se va a exhortar aquí a favor de la modestia y la naturalidad, pero de momento asalta la duda, aunque parezca contradictorio, de que también se debe, con algún provecho, impostar la voz al escribir; tratar, con tiento, de impresionar al auditorio. Hay que buscar un justo medio que no se remonte hacia el engolamiento, ni nos lleve a fingir la naturalidad que nadie contenga el aliento, pensando que cualquiera se cuelga del trapecio de la palabra

Evitar los lugares comunes y las palabras gastadas

A todos se nos ha ocurrido que Al Capone, Jack el destripador o Landrú son “tristemente celebres” o que “en el auditorio no cabía un alfiler”. Los formalistas rusos señalan que cuando en modo de escribir la realidad se transforma en habitual, el lector ya no lo advierte, es decir, lee sin leer. Formas de pensamiento en general, como las que se refieren a “las delicias de la lectura”, “la incomodidad de las ciudades”, “el horror de las guerras”, constituyen tópicos que nadie rebatirá, pero dicho así, tampoco se ganara un adepto a la lectura, a la vida natural o a la paz. Son frases o temas que se han desgastado por el uso continúo; es necesario, pues, buscar un modo novedoso de expresarlos.
Por leyes estéticas, la expresión requiere de una innovación constante. Repetir una vez mas y con las mismas palabras lo ya dicho, vuelve gris cuando no inocuo nuestro texto. La primera vez que se escribió “llovía a cantaros”, su eficacia fue tan grande que se convirtió en una moneda corriente, tanto que hoy oímos “llovía a cantaros” como quien oye llover. Sin virtuosismos que tal vez no son capaces de alcanzar, hay que intentar en lo escrito el agradable aroma del estreno.

Adjetivar para orientar al lector

Debemos comprometernos con el lector para que se entienda el sentido de nuestro pensamiento no podemos suponer que loa divina sin siquiera insinuárselo un mismo argumento puede servir a distintos investigadores de acusación o defensa, aclaremos como lo estamos empleando. Si describimos la característica de un fenómeno, al lector le interesara saber si la consideramos buena o mala.
A veces, los adjetivos sirven para dejar claro nuestro pensamiento y, por lo tanto, revelarlo al lector. De ser así, es necesario escribirlos, e incluso pueden decirse que los adjetivos sirven, en un discurso conceptuoso de descanso y aun de atracción al lector.

Mas vale palabra justa que ciento volando

Flaubert jugo con los vocablos parte de su vida para dar con la palabra precisa, con la exacta, con aquella que, una vez encontrada, era insustituible. Cuando describe la lluvia cayendo sobre la seda tensa del paraguas de Madame Bovary, busco y encontró las palabras francesas que, además de escribir esta acción, semejaran, por su sonido, el ruido de las gotas al caer sobre la seda. No podemos exigirnos tanto pero no prodiguemos los adjetivos, busquemos uno que valga por todos, el más preciso para lo que deseamos significa. Es tan solo un problema de estar al pendiente de preguntarnos si el adjetivo es exacto, definitorio. Nada más.
Machado llama la atención sobre el adjetivo hueco aplicado a la nave por Homero, atributo, el de hueco, tan acertado, que mientras esta siga siendo la ley de navegación, concluye Machado, permitirá que la nave ( y la frase) de Homero siga flotando.
El adjetivo, además, puesto que califica y determina el nombre, implica un juicio por parte del redactor y en consecuencia su eficacia depende, además de la precisión ya mencionada, de la confianza del lector en la persona que escribe. Calificar un fenómeno mediante adjetivos como bueno, cruel, mejor, inteligente, dulce, grande, etc. Puede ser poco convincente, si se desconoce la capacidad para juzgar un fenómeno que tiene el redactor. Por esta razón, suele ser mas eficaz describir con hechos que enlistar una serie de adjetivos que dan la impresión de falta de objetividad

No prodigar los adverbios y cuando aparezcan colocarlos junto al verbo

Se previene en línea anteriores contra la abundancia de adjetivos; lo mismo se aconseja, y con mas razones, acerca de los adjetivos, ya que estos tienen la desventaja de que la mayoría acaban en mente. Si en dos horas y una seguida hay dos adverbios, casi seguro se escuchara un sonsonete. Si no podemos evitarlos, aquí esta el “remedio mas trapito”: evidentemente, claramente, inmediatamente y parcialmente, por citar 4 ejemplos, se sustituyen por es evidente, con claridad, de inmediato, de modo o de manera parcial. (Cuando más de dos adverbios van juntos, solo el último tiene la terminación en mente: clara e inmediatamente).
Como la función habitual del adverbio es modificar al verbo precisando las características de la acción, es conveniente colocarlo junto al verbo, al adjetivo o al adverbio que modifica. Por Ej., “mediante una detallada argumentación, concluyó acertadamente”, en vez de “concluyó, mediante una detallada argumentación, acertadamente.

Evitar las palabras vagas

En su curso de redacción, Martín Vivaldi propone evitar palabras tales como cosa, especie, algo, ya que su vaguedad resta posición al lenguaje. Cuando escribimos “en su declaración, el presidente analizo, entre otras cosas, que la deuda externa obedece a…”demostramos que no sabemos a ciencia cierta como catalogar las tales cosas. En este ejemplo, es preferible escribir “en su declaración el presidente analizo, entre otras cosas, que la deuda externa obedece a…” hay ocasiones en que estas formas, ya que son partes del caudal del idioma, son indispensables, como en el titulo de la obra de Michel Foucault, las palabras y las cosas, o en el de la película mexicana algo, flota sobre el agua, donde no podrían omitirse porque la generalidad (de las cosas) e la vaguedad (de algo) es el significado que se quiere comunicar. Sin embargo debe sustituirse con términos más precisos en los casos en que el redactor, por flojera mental, deja indeterminado lo que percibe con vaguedad.

Evitar los verbos que sirven para todo

También Vivaldi, y con el otros maestros del periodismo, advierte q existen ciertos verbos q se emplean de manera de “comodines”, tales como: hacer, poner, decir, ser, estar, haber, tener, etcétera.Ciertamente es correcto escribir “hizo un cuadro”, “hizo una escultura”, “hizo una película”, “hizo una paella”; pero se gana en precisito cuando escribimos: “pinto un cuadro, dibujo una figura; tallo, esculpió o modelo una escultura; filmo, actuó o dirigió una película; escribió una novela o cocino una paella”. Por lo general, basta con observar, además de la preedición, si el verbo esta desviado de su significado directo, en la frase ”puso la jarra sobre la mesa”, el verbo poner esta empleado en su significado directo, es imprescindible; en cambio, la expresión ”se puso a pensar”, el verbo esta empleado no en su significado directo, sino figurado, vale decir q esta usado como auxiliar. Hay veces q lo q pretendemos decir es precisamente “se puso a pensar”, entonces, es obvio, dejémoslo así, pero la norma sigue en pie: no abusemos de los verbos “comodines”. La precisión, hay q repetirlo, es uno de los rasgos distintivos –en contraste con el habla- de la lengua escrita.

No elegir las palabras por bonitas, sino por su significado

Malo esta el cuento, decíamos, cuando quien escribe parece estar vestido de etiqueta y nos recibe con una andanada de palabras domingueras, vale decir que no las emplea de diario, entre semana. Pero todavía es peor si esos vocablos, supuestamente elegantes, han sido seleccionados, como ocurre con mucha frecuencia, porque suenan bien. Un texto plagado de palabras, bellas de por si, pero que no viene al caso, es una clara señal de inexperiencia al redactar. Debe elegirse cada palabra por su significado; no prodiguemos , entonces, espejismos, demiurgos, dialéctica, sistémico, azogues, querubines y piedras preciosas ni adjetivos elogiosos o furibundos como esplendido, excelente, magistral, infame, criminal o canalla a no ser que el sentido, muy bien meditado, lo justifique.

Pensar en el público

Si bien cada redactor tiene una personalidad propia, es necesario considerar el publico al q se dirige. El vocabulario y las alusiones (los sobreentendidos) varían según se escribe para un diario, dirigido a todo mundo, o para una revista especializada, destinada de manera fundamental a los colegas. Sin exagerar las concesiones, el redactor no debe emplear términos eruditos ante un público lego, tampoco ponerse demasiado didáctico entre colegas q, por decirlo así, pueden entender con un guiño de ojo (o de prosa). Esto ultimo sin descuidar la claridad, debe constituir uno de los ejes fundamentales si en realidad queremos ser leídos y comprendidos.

No emplear tecnicismos innecesarios

Utilizar la jerga del oficio deja fuera de la conversación al lector; sin embargo, en algunos casos los tecnicismos son indispensables; por ejemplo, no es lo mismo los capitalismos que los ricos, aunque la segunda palabra la entendemos todos. De hay que los tecnicismos deban usarse, pero siempre explicando enseguida su significado. De lo que se deduce, también, que deben emplearse con parquedad.

No abusar de las siglas

Trotsky acusaba a nuestro tiempo de abusar de las siglas, pero nos puede dar una idea mas acertada de la confusión q provoca enterarnos de q uno de los tantos gobiernos dictatoriales de Guatemala intentaba suprimir en la prensa cualquier referencia a los gobiernos guerrilleros, pero cuando era insoslayable mencionarlos exigía los diarios q solo lo hicieran mediante la sigla, confiando en q este empleo disminuía las posibilidades de la comunicación y la memoria. Muchas organizaciones sociales emplean siglas, el redactor debe escribir en la primera referencia el nombre completo, poner entre paréntesis las siglas y en resto del texto emplear indistintamente las siglas o el nombre. “ayer se reunió la coordinadora nacional de trabajadores de la educación (CNTE)”, o el bien “en el pliego petitorio de la coordinadora nacional del movimiento urbano popular (Conamup)…”

La prosa no debe rimar

En el texto suelen aparecer frases que riman de modo no deliberado. En particular la terminación en ón, por su frecuencia, suele aparecer tan cercana a otra semejante que el indeseable verso aparece a cada rato: “en ocasión de la conmemoración de la publicación de El son del Corazón de Ramón López Velarde, la reflexión de un critico literario fue…”. En estos casos existen cinco posibilidades: cambiar, omitir, alejar, pluralizar o resignarse. “Con motivo de las conmemoraciones de la publicación del libro póstumo de López Velarde, titulado El son del Corazón, un critico literario escribió las siguientes reflexiones:…”.Al corregir, se cambio “en ocasión” por “con motivo”; se omitió “Ramón”, se alejo “publicación” de “el son del corazón”; se pluralizaron “conmemoración” y “reflexión”; donde por cierto los sonidos reiterados constituyen un efecto intencional.

Evitar la cacofonía

Otro defecto q también atañe a los sonidos es la cacofonía: “vicio q consiste en el encuentro o repetición de unas mismas letras o silabas”. Cuando el redactor escribe “en Pisa pasa sus primeros años sin q quede huella en su obra posterior, a formado un desagradable trabalenguas con las repeticiones de “en Pisa pasa” y “q quede”. (Sin embargo, todavía esperamos un recurso q no sea la drástica supresión de la palabra que, para escribir un ensayo acerca de la obra de Quevedo sin incurrir en cacofonía).
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